domingo, 4 de noviembre de 2007

Lastre

Cada vez que vuelvo a Londres, me embarga un sentimiento agridulce que apenas me deja respirar. La otra noche, desde lo alto de mi lujosa habitación del Hilton, mirando a Hyde Park, pude ver el espectro de mi pasado entrando por la puerta de atrás de ese mismo hotel, mendigando un trabajo cualquiera ¡Era tan joven! ¡Estaba tan sola! Aún me maravilla que pudiera sobrevivir, me dan ganas de bajar y abrazarme a mí misma, de arroparme y protegerme de todas las inclemencias que vinieron después, aconsejarme y asegurarme que todo saldría bien, que algún día entraría por la puerta grande de cientos de hoteles como aquel. ¡Las vueltas que da la vida! Siento una especie de alivio, mezclado con la pena de no poder explicar a nadie las dificultades por las que tuve que pasar en las calles de aquella ciudad que amo tanto como odio: el agotamiento, la desesperación, la soledad de la inmigración. . .Y el recuerdo de Moha con quien compartí tantas de esas cosas, el recuerdo del daño que le hice al abandonarle allí, en esa ciudad y en esa clase social de la que yo logré salir dejándole a él atrás, como un saco de lastre del que debí desprenderme para poder elevarme y volar. Ya no puedo hablar de él con nadie, es un tema tabú y olvidado, los siete años que pasé en Londres nunca se mencionan en mi casa, con mis amigos, en el trabajo, es como si nunca hubieran existido, como si yo no llevara dentro las heridas de la supervivencia y el recuerdo de unos ojos negros puros, a los que herí profundamente.

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