sábado, 24 de noviembre de 2007

De vuelta en el mercado

El lunes pasado aterricé a las 12 de una noche fría y lluviosa como pocas, habíamos estado volando unas trece horitas "del ala" (nunca mejor dicho) y mis pies presentaban un tamaño anormalmente grosero. En la furgoneta de vuelta a casa, el comandante, persona sensata, saca dos entradas de una fiesta de la compañía a la que él pensaba ir, hasta que se dieron las disuasorias condiciones meterológicas y horarias antes mencionadas, y me las regala : "Toma, vete tú si quieres, yo estoy muy cansado". ¿A quién diantres llamo yo a éstas horas, un lunes por la noche, lloviendo a cántaros, para invitarle a una fiesta? Silvia, claro ¿Quién más? Y es que Silvia, mi compañera de vuelo, se merece un blog aparte, para muestra la siguiente conversación:
-Holaaaa? Esto,¿Es tarde para llamarte?
-No, Estoy en la cama, leyendo. . .¿Qué pasa?
-Es que hay una fiesta, y me han regalado dos entradas, pero, claro, si estás ya con el pijama y todo......
-¿Fiesta?
-Si, y las entradas vienen con tres consumiciones cada una......
-¿Sabes que me estás tentando?
Así que me ducho e intento encender la calefacción de casa de mis padres que no logro dominar, de modo que en la casa hacen unos acogedores dos o tres grados, y me arreglo, mientras espero que llegue Silvia. Tengo cara de cansada, estoy cansada, no debería ir, pero tengo que "volver al mercado" me recuerdo a mí misma, mientras busco el sujetador negro, ése que me sube el pecho al mismo sitio donde estaba la última vez que "estuve en el mercado".
Llegamos a Pachá tarde, tan tarde que la mayoría de la gente ya se está marchando. "Ya no hay consumiciones con las entradas" nos dice la chica de la puerta "¿Có...cómo?" Siento el impulso de matarla, pero me digo a mí misma que no importa, que ahora tengo que socializar y conocer gente, al fin y al cabo "he de volver al mercado" . Por eso mismo, tardamos unos diez minutos enteros en recorrer el camino que nos separa de la barra, saludando a los conocidos sin cara de impaciencia, y por eso mismo, no protestamos cuando nos clavan diez euros por copa. A la tercera, se me olvida que no son gratis, todo el mundo me empieza a caer bien, incluso aunque sean pilotos, y me animo a hablar con los que, al menos, tienen la decencia de no separarse de la barra, mientras Silvia coquetea descaradamente con uno a pesar de que ella supuestamente "no está en el mercado". Como suele pasar, a medida que avanza la noche, las chicas van desapareciendo y nos quedamos Silvia y yo, rodeadas de los impresentables más impresentables de la compañía. A ella le empiezan a decir que qué guapa es y a mí que qué simpática, debe ser su forma de halagarnos, pienso, pero decido no contestarles nada mordaz, a los chicos no les gusta, les gusta que les rías los chistes y te atuses el pelo con cara de boba "¡Qué interesante todo lo que me cuentas!" Le miento a uno que no deja de mirarme el escote. Me dan ganas de irme a mi casa solita, pero me recuerdo una vez más, que ya es hora de que ligue, de que empiece de nuevo, de que me olvide momentáneamente de tu nombre y de los fríos labios de Diego. Además, en mi casa hace demasiado frío para dormir sola esa noche. Dejo que el inútil de turno se acerque más a mí, me vuelvo a reír,. . .está bien, esto es fácil, "ya estoy de nuevo en el mercado".

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