domingo, 27 de enero de 2008

¡Por fin! Amor, alegría y amistad.

El jueves llegué de Venecia a la casa azul, agotada. Salimos, bebimos, perdí los recuerdos, las llaves y el sentido de la orientación. Me desperté con los abrazos risueños de Lito, escuchando las gaviotas chillar por encima del tejado, como un eco evocativo de mi fiordo, la luz entrando a raudales por mi balcón sureño, las risas de una chica en la cocina (cortesía de David) y, de pronto, me sentí feliz, de nuevo, me sentí querida, ubicada, completa. Como si todos estos meses, el fracaso, la melancolía, el desamor, se hubieran ido acumulando hasta estallar en la negrura que sentí en Venecia, en la desesperación de comprender íntimamente a la última compañera que se suicidó el mismo día que yo sentía la soledad absoluta de los hoteles, de los viajes, de la soltería, de la edad. Sin embargo, el viernes por la mañana, cuando desperté en la casa azul, en mi casa azul, la tristeza había desaparecido ¡Plof! Como por arte de magia, como desaparecen las lluvias torrenciales, o la oscuridad de la noche, dejándote maravillada, soleada por dentro, ligera, descansada y absurda. Creo que es el milagro de esta casa, de esta ciudad, a pesar de la incomprensión ajena y, en mi caso, familiar, he decidido dejarme llevar por mi intuición, mis presentimientos. Sé que es difícil explicar las corrientes de cariño que circulan entre estas paredes, entre nosotros tres, es dificil de entender, y, sin embargo, es tan fácil de sentir, tan indispensable para vivir, como la amistad, como los abrazos, como la compañía.

1 comentario:

Salitre dijo...

Qué sería de la vida sin esos momentos en la casa azul...
A veces cuanto más hondo tocas, más claro ves el cielo cuando vuelves a mirar hacia arriba. Ya te tocaba sentirte así de viva, recordar que la sonrisa se abre más cuando se comparte.

Besitos amorosos!!