domingo, 27 de enero de 2008

Laguna Veneciana

Odio venecia, es superior a mí. A pesar de que me trae un recuerdo bueno: Vine a Venecia en mi primera pernocta como auxiliar de vuelo, con Sammy-Jo, con Dave Owen, con Tania y con aquél piloto islandés que se enamoró tan torpemente de mí. ¡Qué divertidos eran los ingleses! Aún ahora, cuatro años después de haber vuelto a España, echo de menos su humor corrosivo, su camadería gamberra, su vitalidad nocturna.Pero, exceptuando aquella primera vez, siempre que he vuelto a Venecia, me he sentido sola, abatida, decadente. . .como si la falsedad de sus paseos me contagiara la melancolía de esas calles que se hunden, de esas paredes carcomidas de humedad y dejadez.
Volvi a Venecia con Diego, viaje pagado, hotel pagado, y ni una sóla vez conseguí que me tirara riendo en la cama barroca, bajo la lámpara de cristal de murano violeta, ni una sola vez se dejó llevar por mi optimismo, mi alegría vacacional. Sólo quería correr y correr, haciéndole fotos sin fin a los escenarios que no le daba tiempo a mirar, con el único despropósito de relatar a sus colegas del barrio los detalles póstumos de una felicidad nunca disfrutada.
Y luego he vuelto una y mil veces, sóla, siempre con tripulaciones ajenas, nunca con mi Silvia. Hoy me he negado a ir a la ciudad, me he quedado en Mestre, bajo la sombra de fábricas futurísticas y polígonos corbuserianos. He intentado así no llorar, parapetarme del hechizo melancólico de esta ciudad, no concentrarme en la pena rabiosa que sigo sintiendo en el estómago a pesar de mis propósitos de autonomía afectiva, negar este presentimiento aciago de que una vez más, el flujo de la felicidad se estanca a mi paso, corrompiéndose como el agua sucia de la Laguna.

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