jueves, 25 de octubre de 2007

Los puentes de Madridson

He de confesar que estoy aterrada. A medida que se acerca el día de mi mudanza, el día que saltaré sin mirar atrás hacia un futuro solitario e incierto, noto que me tiemblan las rodillas, me duele la cabeza y no puedo dejar de preguntarme si estaré haciendo lo correcto. Me da miedo, abandonar mi comodidad, mi hogar y el cariño templado pero constante que me ofrece Diego.
Aparentemente, no soy una chica temeraria, no practico deportes de esos modernos acabados en "ing" que a ti tanto te fascinan. No me gusta lanzarme por los puentes, ni siquiera con arneses. Me horrorizan todas las experiencias que conllevan velocidad, peligro y adrenalina desbocadas. Se podría decir que, en lo físico, soy tan prudente como una seta envuelta en celofán y, sin embargo, aquí estoy, a punto de saltar por "los puentes de Madridson".
En efecto, a pesar de mi miedo, de mi cobardía y mi confusión existencial, he descubierto en estos meses en que el desamor ha inundado mi vida que hay otro tipo de valentía en mí, un tipo de valentía tan poco común como tu aficción a jugarte la vida gratuitamente.
En estos meses, he descubierto en los ojos y los consejos de la gente, que la mayoría se resigna, como Francesca, el personaje de Meryl en aquella loable película, como yo misma intenté hacer al comenzar este blog. Nuestra sociedad está plagada de parejas que permanecen juntas por conveniencia, comodidad y una clase de cobardía que quizás sea tan acertada como la prudencia que a mí me lleva a no lanzarme por las colinas abajo para volar.
Ahora entiendo el pleno significado del dilema de la novela de Wallace, lo adecuado, la seguridad, la fidelidad y el cariño frente a la pasión, el amor, la aventura. . . Ahora estoy segura de que a toda mujer, y quizás también a todo hombre, se le presenta alguna vez en la vida la opción de cruzar o no este puente y ahora sé también, que la mayoría elige no hacerlo.
Así que, quizás, los demás estén en lo correcto y seguramente corro el riesgo de romperme el corazón una y mil veces como tú corres el peligro de romperte la crisma en tus alocadas aficciones.
Pero a cualquiera que me conozca le consta que he intentado resignarme, durante dos años he intentado quedarme en el lado adecuado del puente, el lado seguro, hasta que la tristeza, la amargura y ese odioso sentimiento de desamor, me han empujado al borde del puente. Ahora no me queda más remedio que cerrar los ojos, contener el aliento y. . .SALTAR. ¡Ojalá que mis alas no me fallen!

1 comentario:

Ainhoa dijo...

Bueno, ya veo que por fin has saltado. No sé quiénes serán esos "demás" que te aconsejan que vivas al cómodo abrigo de la costumbre y lo conocido, pero déjame decirte que si eso implica que ya no haya besos ni mariposas en el estómago ¡¡¡se equivocan!!!Todos y cada uno de esos "demás" son unos cobardes de mierda (vaya, ya me salió la vena alfareña)así que mucho ánimo, muchos besos y si necesitas hablar, no tienes más que decirlo, aunque me parece que es a través de este blog donde puedes decir exactamente lo que estás sintiendo. Solo quería que supieras que yo te leo y te apoyo.
Un beso.