lunes, 24 de septiembre de 2007

El canto del cisne

El verano parece no querer terminar nunca, se resiste a fallecer, lanzándonos postreros días estivales en pleno equinoccio. Ha sido un verano horrendo, nada ha salido realmente bien. Necesito urgentemente que las lluvias de otoño lleguen y borren las huellas del sol, que las tormentas limpien el aire y mi alma. Volver a empezar, olvidar este año completo de verano inacabable, de infidelidades que dejan el amargo regusto de la culpabilidad metido en los huesos. Apenas puedo verme ya, me vuelvo transparente, como los espectros que habitan San Borondón. He dejado de tener luz propia, encanto, valor. Soy un ser cobarde, cómodo, amargado. Ya no me veo, no me reconozco. Pero me he cansado de esta resignación, de que la pena y la propiedad dominen mi destino. Se acabó, pienso marcharme, a empezar de nuevo, con el corazón encogido y unas alas marchitas, pero con valentía. Pronto llegarán las lluvias, debo concentrarme, resistir, pronto comenzaré una nueva vida en la ciudad del Norte, donde el mar me espera. Debo aguantar estos últimos rayos de sol hiriente, estas ultimas semanas en un hogar moribundo, la pena no va poder conmigo, tengo un plan secreto para escapar, unos amigos. Tengo la certidumbre de que nada es eterno, pronto llegará el otoño.

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