jueves, 10 de julio de 2008
Zurich
Salgo a pasear por Zurich, como siempre que vengo a Suiza, se despierta en mi alma sureña una especie de resentimiento contra su orden inmaculado. Me da rabia que se sientan tan orgullosos de su supuesto civismo construido con diamantes de sangre, con dinero sucio traido de dictaduras crueles, con fortunas construidas a base de muerte y terror. Me indigna que el resto del mundo les permitamos la hipocresia, el gran triunfo de Pilatos, me lavo las manos y miro hacia otro lado, con mis manos supuestamente blancas, con mi tan manida neutralidad. Me detengo frente a un escaparate de abrigos de piel, otra inmoralidad, típica Suiza, sus montañas blancas, impolutas, su respeto por la naturaleza dentro del territorio nacional, no parece estar reñido con la esquilmación de especies protegidas en otros continentes. Todo vale, en aras del comercio, todo con tal de satisfacer a las oligarquías africanas, arabes, sudamericanas que entran a comprar relojes, plumas y joyas exclusivas, sin más preocupación en sus almas vacias que el consumismo exarcerbado. Y ellos, los ciudadanos sumisos, que no plantean retos a su gobierno, que prefieren no preguntarse de dónde viene tanta abundancia, pasean sintiendose absurdamente superiores a los ciudadanos de paises del sur, que luchan por una supervivencia digna. Son, realmente, como las ovejas de ese spot lanzado por ellos mismos, pastoreadas por perros banqueros de origen judio que venden su lana a los clientes árabes sin un parpadeo a cambio del oro negro.
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