domingo, 26 de agosto de 2007

David

Cuando yo era pequeña (ya entonces era bastante fantasiosa) tenía un amigo al que veía sólo en sueños. No quiero decir un amigo imaginario de esos al estilo película américana, sino un personaje con el que soñaba repetidamente, durante muchos años. David, que así se llamaba el onírico sujeto, era moreno y callado (debía de serlo para aguantar mi precoz verborrea ) llevaba siempre una camiseta de rayas azules y blancas y una visera roja (Ya se sabe que en el mundo de Morfeo no existen las modas ni la higiene personal). El sufrido muchacho escuchaba pacientemente todas las parrafadas que yo le soltaba, sentado en una especie de playa-bosque bajo un atardecer perpetuo. A este paisaje, que yo creía inventado por mi prolífica fantasía, acudía cada vez que me sentía sola o confusa en mitad de un sueño, y David siempre estaba allí, tranquilo y sonriente, por lo que acabé cobrandole un afecto grandísimo a éste amigo soñado a pesar de llevar el nombre de mi hermano mayor (Prueba de que ni siquiera las fantasías son perfectas).
Años más tarde, cuando llegué por primera vez a Noruega, descubrí para mi asombro, que la playa-bosque, el río-mar y hasta el atardecer perpetuo, existían fuera de mi mente, en un rincón recóndito del fiordo de Trondeheim. Nunca he sabido qué significado tenía aquéllo, y sigo buscando una explicación plausible dentro de los límites de la ciencia, sobre todo porque las alas de mi fantasía cada día son más fuertes y a veces me arrastran demasiado lejos del suelo. Por eso, cuando conocí a David, aunque llevaba una gorra puesta y profesaba una pasión por Noruega similar a la mía, decidí no darle la más mínima importancia, demasiado rebuscado, pensé. De eso hace unos cinco años ya.
El otro día cuando fuimos al descenso del Sella, David llevaba una camiseta de rayas y se parecía tremendamente a "mi David", el inventado, tiene su misma sonrisa y su misma paciencia para mis extravagancias.
Estos ultimos días han sido duros, el ingreso de mi abuela por un lado, tu indiferencia por otro, el desamor en el que vivo inmersa, este hogar vacío de sentimientos, la falta de pasión, de rumbo, esta confusión que me envenena despacito, por culpa de mi cobardía, de mi decisión de plegar las alas. Estos últimos días sólo ha merecido la pena la compañía de David, las noches de risas a las que cortésmente me ha invitado, como aquel otro amigo soñado, escuchándome risueño, anclándome a la alegría de vivir, perdonándome alguna que otra indiscreción,. . . y quizás deba reconocer que a veces la fantasía y la realidad se entremezclan tanto que los sueños cobran vida, quizás este David guarde, después de todo, alguna relación con aquel otro David ¿Quién sabe?, quizás, sólo quizás. . .

miércoles, 8 de agosto de 2007

Nefernefernefer

Si en el último post hablaba de lo que nos unía, a tí y a mí, en estos ultimos días que he pasado contigo, he llegado a la conclusión de que hay algo que nos separa irremediablemente: la belleza, más concretamente, tu belleza física.
La belleza es injusta, anárquica, y se da en las personas más variopintas, no es el reflejo del alma como algunos pretenden ni un don merecido, como argumentan otros. Ignoro qué designios divinos dotan a algunos seres, como la pérfida Nefernefernefer, de arma tan poderosa, siempre me lo he preguntado. No hablo de una belleza cualquiera, mediocre, relativa, hablo de esa belleza fascinante, pura, indiscutible, universal, a la que todos somos vulnerables pretendamos lo que pretendamos.
Tú eres así, eres Nefernefernefer, yo soy Merit. Tú eres capaz de arrastrar a cuanta mujer ose proyectar en tí sus ingenuas ilusiones al borde de la indignidad, sin esfuerzo, sin siquiera pretenderlo. No puedes evitar que el simple batir de tus pestañas levante sueños de futuro en sus corazones. Las he visto año tras año, entrar en tu vida sonrientes, seguras de sí, eufóricas, y acabar suplicando llorosas, sin rastro de autoestima, por las migajas de tu atención.
Por eso, nunca he tenido celos de ellas, más bien compasión, pero también por eso, si soy sincera, no me atreveré nunca a optar a tu amor abiertamente. No sé si es sabiduría o simple cobardía, sólo sé que nadie es inmune a la perfección de tu sonrisa.