lunes, 23 de junio de 2008
Cuando tú me abrazas
En las raras ocasiones en las que tú me abrazas, el mundo entero sonríe, satisfecho, la luz a nuestro alrededor se vuelve aterciopelada y la temperatura exterior se iguala a la de nuestros flujos sanguíneos. En esas preciadas noches en que posas tu mano en mi pecho, inadvertidamente, desde el más ínfimo electrón hasta la más inmensa galaxia comprenden que el universo es perfecto, completo y ordenado. Los sistemas giran y las partículas fluyen, rebosando equilibrio y felicidad, porque entonces todo cobra sentido, la existencia, el origen de la vida, la armonía sencilla y compleja de un hombre y una mujer que se complementan. En las escasas horas que pasas dormido, con la cabeza apoyada en mi nuca, tus muslos desnudos acoplados al hueco de mis piernas, el aire mismo se detiene a contemplar, absorto, la belleza de nuestra unión. Todos los sentimientos son benignos, los gatos ronronean en el jardín, las rosas florecen y el mar se balancea placido y eterno, como el cariño que te tengo. En esos preciosos instantes en que tú me abrazas, merece la pena vivir y llorar y luchar y perderte una vez tras otra al despertar, porque son los momentos en los que mi alma reposta bondad y sonrisas para prodigar luego a ese mismo mundo que, cuando tú ya no quieres abrazarme, deja de ser tan perfecto.
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