martes, 13 de mayo de 2008

Vuelo solitario

Ahora que la primavera ha llegado a la casa azul, los rayos del sol se cuelan entre las ramas del limonero y del oloroso laurel, haciéndo imposible la desdicha. Al son de las sonrisas de mis compañeros de hogar, se va derritiendo el chapapote de desamor que se empeñaba en quedarse adherido a las paredes de mi alma. Ahora ya no te necesito, ya no te anhelo a cada instante y ya no siento la frustración de la historia de caballito. Ahora soy feliz sola, por primera vez en muchos años, te sigo adorando, pero ya no duelen las ausencias, los desaires, soy realmente feliz sola. La casa azul me llena de alguna incomprensible manera, la luz, el jardín, los gatos del vecindario, el sonido de las gaviotas, la cercanía del mar, el añil bohemio de sus paredes y la libertad que me brindan las noches de marcha, los vuelos a nuevos destinos, el tiempo de lectura, la música constante.
Cuando comencé este blog ni siquiera sabía dónde estaban mis alas, reptaba sin valor en una relación muerta. ¡Te veía tan alto! ¡Tan lejos de mi mirada! Ha pasado casi un año, reuní valor, salté y poco a poco comencé a volar, con aleteos débiles y caidas estrepitosas que han dejado sus marcas, pero, poco a poco, he vuelto a ser yo misma, hasta el punto de que, alguien, la otra noche, opinó que yo tenía mucha más luz que tú. Ya no vuelo para alcanzarte, sé que sigues fuera de mi alcance, no pienso emular a Icaro, me conformo con extender las alas de mi libertad y volar en solitario, preferiblemente de noche, lejos del sol, del amor capaz de quemarlo todo.